
Johan Cruyff, fumador empedernido, a los cuarenta y cuatro años sufrió un infarto de miocardio lo bastante grave como para acabar en la mesa del quirófano. Una vez anestesiado, los cirujanos cardíacos, antes de dirigirse al pecho, fueron a la pierna, de donde resecaron una vena que les pareció lo suficientemente buena. A continuación, procedieron a abrir el tórax del paciente, conectaron la ECMO y le detuvieron el corazón. Con la vena recién extraída de la pierna realizaron un cortocircuito entre la arteria aorta y la coronaria. Así fue como aquella vena reciclada le regaló unos cuantos años adicionales de vida a Johan Cruyff, que incluso regresó a los banquillos, ya como entrenador. El éxito de esta intervención, conocida como bypass coronario, más allá de la tecnología imprescindible, depende esencialmente de la destreza de los cirujanos para sellar las suturas del injerto.
Leana Wen y Joshua Kosowski, dos internistas del Brigham and Women’s Hospital de Boston, relatan en un libro[1] ocho casos de personas a quienes en las urgencias de su propio hospital se las diagnosticó erróneamente por no haberlas escuchado convenientemente. La entrevista clínica es un instrumento de trabajo que requiere habilidades para conseguir que los pacientes expliquen las cosas que realmente les preocupan. Escuchar bien no es una materia que se aprende en un cursillo, sino una cuestión de actitud repleta de pequeños detalles, como saber mirar genuinamente a los ojos de las personas cuando hablan, evitar que las distracciones rompan la atmósfera de la conversación, no interrumpir el relato salvo para mostrar interés, estar atentos a las emociones cuando aparecen, ajustar el lenguaje al nivel de comprensión de cada enfermo y confirmar que los pacientes entienden las propuestas, además de pedirles su opinión al respecto.
Valgan la pericia quirúrgica y médica como reivindicación de la competencia profesional, una cualidad menospreciada por unas evaluaciones que se empeñan en acreditar, en cambio, los certificados académicos obtenidos, los artículos publicados, el factor de impacto conseguido y los años de veteranía. Con este desenfoque no es extraño ver casos de catedráticos incompetentes encumbrados en la jerarquía de la universidad, mientras que otros profesionales que pugnan por una plaza de profesor asociado resultan ser los preferidos de los trabajadores de los hospitales para operar a sus familiares, o se les llena la agenda de pacientes recomendados.
En el artículo «Evaluación de modelos organizativos en la Atención Primaria de Salud”[2], Rafael Manzanera y su equipo explican que la satisfacción de los pacientes de los centros de salud está vinculada a la experiencia asistencial; es decir, al trato recibido y a la confianza generada por el equipo profesional, más que a otras consideraciones. Unos resultados que confirman lo que dice la intuición. Las personas queremos ser atendidas con respeto, con diligencia y con eficacia profesional.
De todo ello se deduce que los sistemas de salud deberían poner el acento en la formación de profesionales competentes y comprometidos, y deberían evaluarlos, reconocerlos y remunerarlos apropiadamente. Estos son el motor del valor de los servicios que se ofrecen. Los pacientes lo saben.
Referencias
[1] Wen L, Kosowsky J. When doctors don’t listen. How to avoid misdiagnoses and unnecessary tests. Nova York: Thomas Dunne Books; 2013.
[2] Manzanera R, Iruela A, Moral I, Armengol R, Gálvez G, Lourdes Jiménez M. Assessing the impact of socioeconomic determinants and management models on primary health care in Catalonia. Aten Primaria. 2026 Feb 3;58(4):103452. doi: 10.1016/j.aprim.2026.103452.
Foto de Rafa Seguí
