También ante una pandemia la gestión importa, y mucho

21/06/2021

La gestión de la crisis COVID-19 ha estado condicionada por múltiples factores, entre los que destacan la disponibilidad de conocimiento científico útil para abordar la pandemia, y la dotación, estructura y reglas de funcionamiento vigentes en el Sistema Nacional de Salud (SNS). Las estrategias de comunicación de la respuesta pública a la crisis, tanto gubernamentales como desde los medios profesionales, también han supuesto un elemento importante en la gestión de la epidemia, pues han condicionado la respuesta social que se ha dado a la misma.

La gestión del conocimiento

Una de las carencias más patentes en la respuesta a la crisis ha sido la de la gestión del conocimiento. Los meses transcurridos desde la aparición del virus no consiguen disipar la memoria del chapucero despliegue de información mínimamente estructurada y normalizada integrando los datos de fuentes autonómicas y estatales.

El sistema de información básica sobre contagios, hospitalizaciones y defunciones, columna vertebral de cualquier cuadro de mandos para la gestión de la pandemia, se montó sobre la marcha, sin integración de los sistemas ya existentes, y hubo de modificarse en varias ocasiones. Estas peripecias produjeron apagones y saltos de conocimiento para el manejo de la evolución de la pandemia.

El manejo disfuncional de la información, especialmente llamativo y preocupante en unos momentos de proliferación de repositorios abiertos y públicos, en realidad solo es síntoma de una patología preexistente. La desarticulada relación multijurisdiccional de la sanidad no incentiva el intercambio de datos y el aprendizaje mutuo, obstaculizando el surgimiento de una cultura de evaluación. Han pasado varios trimestres desde que se reclamó en The Lancet la realización urgente de una evaluación independiente e imparcial de la respuesta de las autoridades a la epidemia, que aún sigue a la espera de materialización.

Las reglas del juego en el SNS

La declaración del estado de alarma y la atribución del mando único al Gobierno central, pese a su conveniencia para unificar criterios, pronto dio lugar a problemas como el de las compras internacionales fallidas, encomendadas a unidades administrativas sin competencia ni experiencia en ello. El posterior diseño de una desescalada asimétrica permitió apreciar las disfunciones en los mecanismos de coordinación del SNS, muy diluidos en la práctica y sustituidos por otros de cooperación horizontal que, aunque necesarios, no cumplen el papel que se precisa en una situación como la vivida. Las tensiones previsibles entre un Ministerio desacostumbrado a ejercer ninguna de las funciones que se le encomendaron, y unas Comunidades Autónomas no acostumbradas a ejecutar decisiones de instancias distintas a sus propios Consejos de Gobierno no han dejado de intensificarse, traduciéndose en una gestión autonómica de las sucesivas olas de la pandemia muy dispar (incluso ante situaciones de similar gravedad) y, en algunos casos, directamente irresponsable, más atenta a la escenificación de la confrontación que a la resolución efectiva. La incorporación de los tribunales de justicia al finalizar el estado de alarma contribuyó de modo previsible a avivar la confusión entre la ciudadanía y la desconfianza en esas instituciones.

La gestión de la comunicación, pública y privada

La información y su comunicación ejercen un papel fundamental en la toma de decisiones, pero la forma de la segunda afecta al manejo de la primera. A juicio de algunos expertos, el Gobierno ha tenido aciertos comunicativos como los intentos de despolitización del mensaje y la elusión de la confrontación partidista, pero también fallos importantes como la cacofonía de voces, la falta de claridad, la larga extensión de las comparecencias, cierto exceso de autobombo, los retrasos y las rectificaciones mal justificadas.

Pero la aportación de información objetivable y fidedigna y la comunicación de los datos disponibles ha resultado insuficiente y errática por los continuos cambios en los sistemas de cómputo y las definiciones de los conceptos registrados. Como resultado, la “infodemia” parece que ha resultado ser contraproducente para el mensaje que debería transmitirse.

En comparación con los fallos apuntados en la información gubernamental, la actuación durante la pandemia de los medios de comunicación resulta globalmente descorazonadora. Bastaría repasar la serie de consejos para ofrecer información responsable sobre Covid-19 que elaboró la organización First Draft, dedicada a recopilar y facilitar recursos de verificación esenciales para periodistas, para apreciar su generalizado incumplimiento por parte de los medios españoles.

La inaplazable mejora de la gestión

La pandemia ha permitido visualizar una vez más las principales debilidades de nuestro Sistema Nacional de Salud, así como identificar sus fortalezas. Entre las primeras puede destacarse el abandono al que se ha sometido a la salud pública durante décadas, y la desatención crónica hacia la atención primaria, ambas protagonistas en la prevención y control de la COVID-19. Entre las segundas, la excelente respuesta de los profesionales sanitarios, reflejo de un sistema de formación que forma parte del capital del país, y la gran capacidad de adaptación de la red pública. El profesionalismo ha suplido las carencias de unas estructuras administrativas innecesariamente rígidas, inadecuadas para un sector esencialmente dinámico, y claramente obsoletas.

Los profesionales sanitarios son el gran activo del Sistema Nacional de Salud (SNS), pese al igualitarismo injusto y a la tolerancia con su promiscuidad público-privada. Hay que diseñar y poner en marcha un nuevo modelo de relación profesional que capte y retenga talento, que incentive la práctica bien hecha, y que estimule el trabajo mediante fórmulas que permitan flexibilidad, conciliación y adaptación a preferencias. Centros sanitarios con mucha más autonomía han de poder desarrollar políticas de personal en un irrenunciable marco de competencia por comparación en calidad.

Nos hace falta un mejor Estado, también para la provisión de servicios de salud, en el que la mejora de la gestión pública es casi la clave definitoria de nuestro futuro, tanto por el posible liderazgo innovador del sector sanitario en la economía como por su impacto en el bienestar de la población.


Foto de Brian McGowan

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