La medicina de familia también es universidad

29/06/2026

Hace unos días defendí mi candidatura a catedrático de Medicina Familiar y Comunitaria en la Facultad de Medicina de la Universidad de Vic–Universidad Central de Cataluña (UVic-UCC), y el nombramiento ya es una realidad. Es la primera cátedra de esta especialidad en nuestra universidad y una de las pocas que existen en Cataluña. Más allá de lo que supone personalmente, creo que vale la pena detenerse a pensar qué significa esta anomalía: que la disciplina que sostiene el primer nivel asistencial del sistema sanitario tenga todavía una presencia tan escasa en la universidad.

La atención primaria no es solo la puerta de entrada al sistema de salud. Es el eje sobre el que pivota todo el sistema: por ella pasa la mayor parte de la actividad asistencial, en ella se resuelven la mayoría de los problemas de salud de la población y en ella se toman decisiones que condicionan al resto de niveles asistenciales. Y, sin embargo, la investigación que se realiza desde este ámbito recibe una parte muy pequeña de la financiación competitiva, y la medicina de familia ha estado históricamente ausente de los órganos académicos donde se decide qué se enseña y qué se investiga.

Esta ausencia no es un detalle menor. Genera un círculo que se retroalimenta: si la medicina de familia no tiene peso en la universidad, los estudiantes la perciben como una especialidad de segunda; si la perciben así, menos graduados brillantes la eligen; si menos la eligen, hay menos masa crítica para investigar y para ocupar posiciones académicas; y sin referentes académicos, el peso universitario continúa siendo bajo. Romper este círculo no puede hacerse solo con discursos. Se hace ocupando espacios: dirigiendo asignaturas, liderando grupos de investigación, publicando desde los centros de atención primaria y, también, accediendo a las figuras académicas de mayor responsabilidad.

¿Por qué es tan importante investigar desde la atención primaria? Porque las preguntas que nos hacemos en la consulta no se las hace nadie más. La investigación hospitalaria y la investigación básica son imprescindibles, pero responden a preguntas diferentes. ¿Cómo afecta la multimorbilidad al día a día de un paciente de ochenta años que vive solo en un pueblo del Bages? ¿Qué impacto real tiene la telemedicina en el acceso a la atención en zonas rurales? ¿Puede la inteligencia artificial liberar tiempo de consulta sin degradar la relación médico-paciente? Estas preguntas solo pueden responderse con rigor desde el territorio donde se generan, con los datos de la práctica clínica real y con equipos que conozcan el contexto. Si no las investigamos nosotros, o no se investigan o se responden mal.

Además, hacer investigación desde la primaria tiene un efecto multiplicador sobre la calidad asistencial. Los equipos que investigan leen más, cuestionan más su práctica e incorporan antes la innovación. He tenido la suerte de comprobarlo durante años trabajando desde la Cataluña Central, en un entorno rural y semirrural que a menudo se percibe como una limitación y que, en realidad, es un activo: un laboratorio natural para estudiar la equidad territorial, la salud digital o los modelos de atención a poblaciones dispersas, con resultados que después son útiles mucho más allá de nuestro territorio.

Y aquí es donde entra la universidad. La presencia de la medicina de familia en las facultades no es una cuestión corporativa, es una cuestión de país. Los estudiantes de medicina deben ver, desde el primer curso, que la atención primaria es un ámbito intelectualmente exigente, con investigación de primer nivel y con una carrera académica posible. Una facultad donde los futuros médicos solo tienen referentes hospitalarios formará médicos que entienden el sistema sanitario de manera incompleta. En la UVic-UCC llevamos algunos años trabajando para que esto no ocurra, con la voluntad de acercar a los estudiantes a la realidad de los pueblos y las ciudades medianas donde ejercerán muchos de ellos.

El nombramiento como catedrático no es un punto de llegada. Es, sobre todo, una herramienta: una posición desde la que consolidar líneas de investigación propias de la atención primaria, formar a las próximas generaciones de investigadores y defender, dentro de los órganos académicos, que la disciplina que atiende a la mayoría de la población merece un lugar proporcional en la universidad. Si dentro de unos años las cátedras de Medicina Familiar y Comunitaria han dejado de ser noticia porque existen en todas las facultades, querrá decir que habremos hecho bien el trabajo.

Nota del autor: este texto ha sido revisado y ordenado con ayuda de Claude.

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