La Marató que nos falta. A propósito de Romería

16/02/2026

Verano 1993 (2017) dio a conocer a Carla Simón. Aquella historia de una huerfanita traviesa que era acogida por sus tíos y vivía un primer verano en una familia diferente nos emocionó a muchos. La repercusión pública y los premios que ganó permitieron a la directora continuar con una trilogía sobre su familia. Primero llegó Alcarràs (2022), una mirada sobre unos campesinos que luchan por mantenerse en el trabajo tradicional en un entorno cambiante. Después ha llegado Romería (2025).

Quizás lo que muchos no saben es que la trilogía no es solo sobre la familia, sino sobre la familia de Carla Simón. La madre y el padre, hijo de una estirpe acomodada de Vigo, disfrutaron durante un tiempo de la vida en la costa, de la movida de los ochenta… y del caballo. Hasta que la droga se asoció al sida y todo se vino abajo. La pareja, enferma, permaneció separada (él en Vigo, ella en Barcelona). Habiendo muerto el padre, al morir la madre, Carla fue adoptada por los tíos de Barcelona (los de Lleida son los protagonistas de Alcarràs). Al cumplir la mayoría de edad, Carla viajó a Vigo para conocer a aquella familia que no había querido ningún contacto con ella y para saber la historia de su padre y de su madre.

Romería está basada en la (re)construcción de aquella experiencia, con una actriz interpretando el papel de Carla, y utilizando algunas filmaciones amateurs de aquella época y otras que las imitan. Carla encontrará una parte de la familia que le resulta postiza y otra (el tío que ha sobrevivido a la época de desenfreno) que la trata con calidez. Pero lo más impactante para ella es la intensidad con que los abuelos pretenden ignorar el pasado y la crudeza, la crueldad, con que quisieron ignorar y ocultar la enfermedad de su hijo. Por un lado, cortando toda relación con quien habría sido su nuera y nieta. Por otro, encerrando al muchacho en un piso fuera de la ciudad hasta que murió, con la intención de evitar que parientes y conocidos supieran del estigma que ellos mismos ponían sobre su hijo. Esta punzante realidad se contrapone de manera bella en la película con la felicidad de los padres, deliberadamente imaginada, creada por Carla Simón.

Aunque es poco creíble que la enfermedad se oculte en la actualidad, persiste un rechazo social contra los dispositivos que ayudan a paliar o curar la adicción. A nivel de salud, estudiamos diferentes estrategias de polifarmacia para mejorar la vida de los afectados por el sida, por enfermedades mentales o para luchar contra las adicciones. Pero, en una sociedad donde se ha promovido la investigación, donde se ha aceptado la convivencia con los enfermos (donde ya no se habla tan comúnmente de enfermedades “feas” y los pacientes dejan de ser apestados para pasar a ser enfermos crónicos en algunos casos, simples infectados en otros), existe todavía un rechazo generalizado contra la presencia de Centros de Atención y Seguimiento a las Drogodependencias (CASD). El famoso NIMBY, “not in my backyard”, persiste como un lema asumido de manera demasiado generalizada por los vecindarios. Todo el mundo está de acuerdo en la necesidad, pero nadie los quiere cerca de casa, argumentando una supuesta peligrosidad que nunca se ha evidenciado.

Ante este contexto, los profesionales de atención primaria y de salud mental nos encontramos con un camino lleno de obstáculos para resolver, para ayudar a pacientes adictos o con patología dual. Las elecciones son cada cuatro años y los políticos, especialmente en el ámbito local, rehúyen enfrentarse a este dilema. Mientras tanto, el gobierno, con la dificultad añadida de encontrar el espacio donde ubicar los dispositivos, dirige los recursos hacia otro lado. Sería necesaria una línea de acción que combinara, de manera decidida, pedagogía, información basada en datos de salud pública y difusión de todo ello, empezando por el Parlamento y los Ayuntamientos, para impulsar la creación de nuevos CASD en diversos puntos de nuestra geografía.

Actualmente, las drogas que se consumen de manera más extendida que la heroína tienen una especie de aceptación tácita en muchos entornos, considerándose menos peligrosas por muchas personas de diferentes franjas de edad y estrato social. Muchas de ellas serán quienes se opongan a la construcción de un CASD cerca de su casa, ignorando que muchos conocidos podrían beneficiarse y que disminuirían los riesgos sociales. Tal vez sea necesario trabajar estos aspectos no solo desde Salud, sino también con una estrategia transversal con Presidencia, Gobernación, Educación y Cultura.

Después de tres décadas, con temas reiterados en algunos casos, La Marató de 3Cat nunca ha abordado directamente las drogodependencias. ¿Cuándo tendremos una Marató orientada a la atención a las adicciones?

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