Auditoria ética de las organizaciones

14/12/2020

De los valores a las buenas prácticas

Los valores no son entidades que captamos a través de los sentidos externos, como captamos, por ejemplo, un ruido, una tonalidad de luz o un olor. No están en la naturaleza, ni en los artefactos que construimos con nuestro ingenio. No percibimos la justicia, ni la prudencia cuando contemplamos un paisaje, tampoco la compasión o la generosidad.

No los percibimos, porque están en el interior del ser humano, en su integridad espiritual, en su ser más profundo. Sólo cuando uno es capaz de sumergirse en su interioridad y de viajar por este reino invisible, por este mundo que no está descrito en ninguna geografía física, ni en ninguna cartografía, puede reconocerlos, identificarlos y vivir conforme su potencia.

Los valores son como pequeñas semillas que solo adquieren vida cuando uno es capaz de tomar conciencia de que están ahí. En todo ser humano hay una esfera de cualidades que, debidamente cultivada, puede crecer y desplegarse, hacerse mayor y alcanzar todo su esplendor.

Los valores son el interior de la persona y, solamente crecen y se desarrollan cuando uno tiene conciencia de lo que hay dentro de su ser, cuando capta el potencial escondido en él. Demasiado frecuentemente, sin embargo, pensamos que los valores se transmiten de unos a otros, como aquel que derrama agua de la botella al vaso.

Son, pues, cualidades intangibles e imperceptibles que habitan en el interior de la persona. El otro puede despertarlos, hacernos tomar conciencia de lo que somos, de lo que hay en nuestro ser y no habíamos intuido, ni siquiera en sueños.

Los valores se manifiestan a través de la buenas prácticas (good practices). Solo podemos decir que una persona tiene el valor de la puntualidad, si es puntual a la hora de quedar con alguien; sólo podemos decir de una organización que tiene el valor de la solidaridad, si la practica habitualmente. Sin buenas prácticas, los valores son piezas de museos, cuerpos sin vida.

Corresponde al buen líder promover buenas prácticas en la organización que gobierna, rutinas que reflejen los valores institucionales. En muchas instituciones, han proliferado las llamadas Guías de buenas prácticas (Good practices Guide). Tienen por objetivo identificar un conjunto de pautas consensuadas por toda la comunidad, mediante las que se concrete un valor corporativo.

Este trabajo no es un pérdida de tiempo, sino todo lo contrario. Hace posible el diálogo, el pacto en aquellas cuestiones dilemáticas más habituales que interfieren en la actividad de cada agente y esto ya es, de por sí, positivo. El proceso de elaboración es tan relevante o, tal vez, más, que el producto resultante.

Imaginemos que una organización tiene como valor corporativo la eficiencia energética. Una Guía de buenas prácticas en este campo tendrá como objetivo introducir pautas, procesos, estrategias para que todos los miembros integrantes de la comunidad sean más eficientes a la hora de utilizar los recursos energéticos de la institución: el agua, el aire acondicionado, la luz, internet, el gasóleo o el que corresponda.

Un buen líder inspira Guías de buenas prácticas, pero, después, vela por su cumplimiento, por su puesta en marcha. A la hora de implementar estas buenas prácticas, será observado meticulosamente por sus seguidores y solo si cumple escrupulosamente, será ejemplar para todos.

De la RSC a la organización ética

Algunos teóricos franceses han forjado el término orgéthique para referirse a la ética propia de cada organización. Esta palabra presupone que cada organización, institución o comunidad es única y está regulada por un conjunto de principios y de prácticas apropiadas.

La legítima persecución de la misión no puede poner en entredicho los principios y valores corporativos. Cuando nos referimos a organizaciones éticas, nos referimos a aquellas organizaciones que parten de esta máxima: la misión no legitima cualquier medio. Son organizaciones que someten a examen su misión y también los caminos para alcanzarla. Hay, en ellas, una ética del fin y los medios.

En este campo, se ha producido una gran evolución conceptual. Se ha transitado del concepto de Responsabilidad social corporativa (RSC) a la noción de organización ética. Durante los últimos decenios, algunas organizaciones se han sumado a la idea de responsabilidad social corporativa. Este concepto, rico y polisémico en la bibliografía científica, evoca la idea de que las organizaciones, independientemente de sus legítimos fines (vender, comprar, educar, curar, entretener, divertir…) tienen una responsabilidad con el conjunto de la sociedad, una responsabilidad que va más allá de hacer crecer el beneficio de los accionistas.

Desde la década de los ochenta del siglo pasado hasta la hora presente, la noción de RSC ha sido objeto de todo tipo de matices y de transformaciones. Algunos teóricos de la empresa cuestionan que la empresa tenga que ejercer alguna responsabilidad social, mientras que otros consideran que es un deber, dado que ésta vive de la sociedad y debe devolver lo que la sociedad le da produciendo algún tipo de beneficio para todos.

No es el momento, ahora, de estudiar las diferentes formas de concebir la RSC, ni los diferentes mecanismos para implementarla realmente en las organizaciones, porque esto nos desviaría del tema que estamos explorando.

Hay un montón de iniciativas empresariales que se integran dentro del concepto de RSC. Algunas organizaciones invierten para mejorar las condiciones de vida de los grupos más vulnerables de la sociedad; otros aportan capital para preservar el patrimonio cultural del pasado. Los hay que, sobre todo, velan por la custodia del medio ambiente y algunas que aportan fondos para ayudar a países en vías de desarrollo.

No es legítimo hacer un juicio precipitado de la RSC y considerar, unilateralmente, que todo este tipo de iniciativas sólo buscan obtener un mayor capital de reputación, una mejor imagen pública de la organización. La reputación es muy relevante para las organizaciones y, especialmente, en la sociedad de la imagen y de las redes sociales que nos ha tocado vivir, pero esto no significa que la RSC sea, únicamente, un instrumento subsidiario de la reputación, aunque muchas organizaciones la hayan creado y desarrollado únicamente con este fin.

Estamos asistiendo a una metamorfosis cultural muy interesante. Los ciudadanos no sólo esperan de las organizaciones que dediquen una parte de sus beneficios a mejorar un entorno social, cultural y ecológico, ya sea a través de una fundación o una entidad subsidiaria sin ánimo de lucro, sino que esperan que sean organizaciones éticas, dignas de confianza. Esto exige mucho más, porque no afecta a una sola área, sino la totalidad, el conjunto orgánico de la institución.

Este cambio de paradigma afecta, gravemente, la estructura y la fisiología de las organizaciones y altera los procesos que tienen lugar en ellas: la toma de decisiones, la política salarial, el modo de competir, la relación con los grupos de interés, la sensibilidad social, medio ambiental, la integración de personas con diversidad funcional, la conciliación entre la vida familiar y la laboral, la equidad de género en los puestos de máxima responsabilidad y un largo etcétera.

La reivindicación de organizaciones éticas es una consecuencia directa de la crisis de credibilidad y de prestigio del mundo institucional. Los ciudadanos reclaman organizaciones transparentes, eficientes, ecosensibles, equitativas, justas y respetuosas con la intimidad de las personas. Las malas prácticas no se pueden purgar con un departamento de RSC, ni con una fundación que mejore la sociedad. Los ciudadanos reclaman que las organizaciones sean respetuosas con sus valores corporativos.

Este conjunto de vindicaciones se puede sintetizar con una sola frase: todos queremos organizaciones éticas. Esto, sin embargo, sólo es posible si las personas que las integran asumen los valores corporativos, se los hacen suyos y, sobre todo, si el liderazgo es ético se fundamenta en los mismos valores que predica. Las organizaciones son éticas cuando las personas que las integran actúan movidas por valores y, sobre todo, cuando los líderes son coherentes y respetuosos con los valores corporativos.

Para alcanzar esta meta, es necesario superar la hipocresía y el doble lenguaje. En ocasiones, en el seno de las organizaciones, se articula una doble moral: la pública y la privada. Públicamente se defienden unos valores y unas prácticas, pero en la privacidad, en pequeño comité, fuera de acta, se procede de una manera claramente opuesta. El buen líder no sucumbe a la hipocresía, ni exige a sus seguidores lo que no puede exigirse a sí mismo.

La ética vende, especialmente en contextos de escepticismo y de crisis de credibilidad. Las organizaciones buscan la marca ética para situarse en el mercado, para ser creíbles y dignas de confianza.

Esta marca, sin embargo, no se obtiene solamente generando algún programa social. La emergencia del paradigma de la transparencia hace que el ciudadano cada vez sepa mejor como se capitaliza una organización y qué inversiones hace, como paga sus trabajadores y cuáles son sus fuerzas productivas.

Todas las organizaciones anhelan la marca ética, pero, ¿Quién otorga esta marca? ¿Cómo se obtiene esta marca? ¿Qué agencia puede certificar que una organización es realmente ética? ¿Y qué criterios tendrá en cuenta para dar la certificación a algunos y no darla a otros?

Todo esto nos conduce, necesariamente, a una nueva noción, la de auditoría ética.

Auditorías éticas. ¿De qué estamos hablando?

Crece la sensibilidad ciudadana. Hay una clara tendencia a exigir transparencia, buenas prácticas, coherencia y rendimiento de cuentas en las organizaciones, tanto públicas como privadas. Los escándalos, los chanchullos, las corrupciones y las estafas han activado la conciencia ciudadana y, de un modo creciente, los ciudadanos se muestran más atentos a lo que hacen y dejan de hacer las organizaciones, en la forma en que gestionan sus recursos y cómo de coherentes son con la visión, los valores y la misión que exponen públicamente.

También hay un gran grupo de ciudadanos indignados que se ubican al margen de las organizaciones y hacen una enmienda a la totalidad. Esta posición, que lamentablemente crece en los segmentos más jóvenes de la población, es especialmente grave, porque toda sociedad necesita organizar su vida social, económica, cultural, religiosa y educativa a través de instituciones, de cuerpos metapersonales.

Esta mirada crítica y, incluso, fiscalizadora sobre las organizaciones tiene efectos positivos, aunque no siempre se desarrolla de manera transversal, sino que, demasiadas veces, de forma selectiva y sesgada. A algunas organizaciones e instituciones se les exige la máxima coherencia, mientras que a otras, las de la propia cuerda, se tolera cierta permisividad. Tampoco se aplican los mismos patrones, ni grados de exigencia ética a unas y a las otras.

Con todo, sin embargo, la ciudadanía está exigiendo una auditoría ética a las organizaciones, porque quiere tener garantías de si son o no fiables, si son o no dignas de confianza. En un futuro inmediato ya no valdrán, solamente, las buenas palabras, los Códigos de Ética, las Guías de Buenas Prácticas, las grandes intenciones. Habrá que poder verificar ante la sociedad que en aquella organización hay buenas prácticas, se trabaja éticamente, se respetan los derechos de los trabajadores y de los usuarios, se rinden cuentas de manera transparente.

La pregunta que surge, sin embargo, es cómo y de qué manera se auditarán las organizaciones. La opinión de los usuarios es esencial, pero no siempre expresa, con objetividad, lo que ocurre en la totalidad de la organización, sino, más bien, como han sido tratados ellos en un momento dado y en un ámbito concreto de la organización .

Como ha ocurrido en países de más trayectoria democrática y vertebrados por una sociedad civil más activa y consciente de sus deberes y de sus derechos, vamos hacia una futura auditoría ética de las organizaciones, una auditoría que, para ser creíble y significativa, será necesario desarrollar con el máximo rigor y, sobre todo, independencia de criterio.

¿De qué estamos hablando cuando hablamos de autoría ética?

Auditoría ética es una expresión relativamente nueva en el lenguaje de la ética de las organizaciones y de las profesiones. Lo es especialmente en nuestro país. En el contexto cultural y social de los EEUU es una expresión que circula desde hace más de una década. De hecho, en este ámbito existen agencias que auditan si las organizaciones son o no éticas.

Auditar es, como se sabe, examinar el estado de una determinada organización a fin de ver si, en ella, hay una buena salud económica o bien padece algún tipo de patología.

La auditoría, tal como se concibe en la actualidad, tiene un significado unilateralmente económico. Cuando se audita una ONG, una universidad o una empresa, se entiende que se revisan sus cuentas, las entradas y las salidas, las inversiones y los déficits, todo el movimiento y el flujo económico que hay en ella. Los auditores que, por definición, deben ser agentes externos a la organización, por no ser parte y juez, examinan, a fondo, estos contenidos y, finalmente, elaboran un dictamen sobre el estado económico de la organización e imponen o recomiendan unas medidas, en su caso, para curarse de la patología que padece.

Auditar éticamente una organización es una tarea que plantea una serie de dificultades conceptuales, porque lo que se audita, los valores corporativos, son realidades intangibles, que no pesan, ni se pueden palpar. De ahí la complejidad. Auditar lo que es inmaterial, lo que no ocupa espacio ni tiempo, plantea unas dificultades diferentes que auditar las estructuras, el capital y el estado de las infraestructuras de una organización.

Los valores, como las emociones, las creencias, los ideales, los prejuicios o los tópicos no son realidades tangibles, pero, en cambio, condicionan intensamente la vida de una colectividad, el desarrollo de un grupo humano. Pueden influir positivamente, pero también pueden herir de muerte. Por ello, poder auditar los prejuicios que hay latentes, los valores que profesan la mayoría o bien las creencias que tienen las personas que trabajan es esencial para saber dónde están, cuál es el estado anímico de una organización.

Los valores, como las creencias, se expresan indirectamente. A través de los estilos de vida y de trabajo, de las formas de relación y de interacción se manifiestan cuáles son los valores que realmente mueven a las personas. Auditar si una organización es ética o no significa evaluar si es coherente con su propia pirámide axiológica, con el conjunto de valores corporativos que tiene fijados.

Si, por ejemplo, una organización se presenta socialmente, con el valor de la ecosensibilidad como el valor axial o promovedor, podemos decir que es ética, si en su seno hay pautas, prácticas, procesos y estrategias para hacer efectivo este valor en el día a día de la organización, para no causar daños al medio ambiente, para custodiar la biodiversidad. Esto, ciertamente, sí se puede auditar, pero para hacerlo se requiere, de entrada, que la organización exponga cuáles son sus valores corporativos.

Esto vale tanto para una escuela concertada, como para una ONG, para una empresa lucrativa como para un geriátrico. Solo si el auditor conoce los valores corporativos, podrá examinar si estos valores están o no presentes en la vida de la organización, en cada uno de sus departamentos y áreas de trabajo, porque una cosa son los valores escritos en la página de presentación y , otra, los valores vividos en el seno la organización.

La auditoría ética aún requiere otro factor: una agencia independiente que pueda evaluar sin presiones, sin condiciones y sin influencias de ningún tipo y que pueda examinar, sin limitaciones, los procesos endógenos y exógenos de la organización a fin de ver si aquellos valores son, de entrada, conocidos entre los colaboradores y, en segundo lugar, si son vividos, porque no es lo mismo el conocimiento que la vivencia de los valores.

Las prácticas reflejan cuáles son los valores que realmente mueven una organización. La auditoría ética tiene como objetivo, verificar la coherencia institucional. Esto interesa, especialmente, en el liderazgo ético, porque su finalidad es cumplir con la misión, pero respetando, en todo momento los valores corporativos. Es posible que esta auditoría no interese a la mayoría de las organizaciones, pero, muy probablemente irá creciendo en los próximos años a medida que aumente el anhelo de transparencia y la responsabilidad del ciudadano.

Observamos, con pesar, como la marca ética se está devaluando aceleradamente. La mayoría de las organizaciones saben que esta marca vende y, por ello, la compran a bajo precio, pero sólo la compran como un elemento decorativo, de tal manera que los valores corporativos están ausentes en la vida diaria de la organización.

Algunos comités de ética de algunas organizaciones asistenciales se han creado precipitadamente con tal fin, para obtener un reconocimiento ante la administración, pero esto desacredita estos órganos de deliberación interdisciplinarios que tienen como objetivo prioritario resolver los dilemas morales que tienen lugar en la práctica asistencial y buscar las soluciones que sean más respetuosas con los derechos de los pacientes y las más coherentes con los valores corporativos. Cuando el usuario toma conciencia de ello, se indigna y las consecuencias para la organización son negativas.

Poco a poco, se ha ido poniendo de manifiesto que no es suficiente identificar un conjunto de valores, que no es suficiente elaborar Guías de buenas prácticas o bien Códigos de ética de las organizaciones. Se ha ido viendo que es necesario auditar los valores corporativos, las prácticas que tienen lugar en la organización y que, sólo después de una auditoría imparcial e independiente, se puede afirmar si una organización es o no ética.

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Foto de Ahmed Zayan

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