
Durante años, la Inteligencia Artificial (IA) parecía un concepto reservado a congresos, artículos futuristas y debates sobre “cómo será la medicina del mañana”. Pues bien: ese “mañana” ya está aquí. El informe del Nuffield Trust “How are GPs using AI? Insights from the front line” (2025) muestra que casi tres de cada diez médicos de familia en el Reino Unido ya utilizan IA en su consulta diaria.[1] No es un piloto experimental ni un plan a futuro: es una realidad cotidiana que, poco a poco, está transformando la Atención Primaria.
Y lo más interesante es que esta revolución no empieza por algoritmos diagnósticos complejos, sino por algo mucho más pragmático que hasta ahora, aunque parezca sorprendente, no hemos sido capaces de resolver: reducir la carga burocrática de las consultas. La IA se está utilizando para transcribir notas clínicas, resumir cursos clínicos, redactar informes, gestionar derivaciones u ordenar agendas; en el fondo, la IA está asumiendo ese trabajo silencioso pero agotador que durante años ha saturado las consultas y ha llenado a los equipos de Atención Primaria de tareas con muy bajo valor.
¿Y qué consecuencia tiene todo esto sobre los profesionales? Pues el impacto directo es que los profesionales logran recuperar tiempo; tiempo que pueden dedicar a mirar al paciente en lugar de a la pantalla, a escuchar con atención y sin prisas, a reflexionar sin interrupciones. Este tiempo clínico de calidad no solo mejora la relación con el paciente, sino que también permite a los médicos ejercer su razonamiento clínico con más claridad y menos presión, favoreciendo una atención más humana y reflexiva.
Paradójicamente, muchos profesionales describen el impacto de la incorporación de la IA en términos muy humanos: menos horas al final del día dedicadas a tareas burocráticas, menos cansancio acumulado y menos sensación de estar atrapado en tareas repetitivas. Y es precisamente ese cambio de foco —de la burocracia a la persona— la mayor oportunidad de todas.
Por otra parte, la IA también está empezando a convertirse en una herramienta de aprendizaje: en un entorno de alta presión asistencial, disponer de apoyo formativo accesible y rápido no es menor; para profesionales jóvenes, residentes o médicos recién incorporados, puede ser un recurso valioso para preparar casos, consultar recomendaciones o revisar guías; para quienes llevan más tiempo, facilita mantenerse al día sin añadir más carga fuera del horario laboral.
Sin embargo, esta adopción creciente también trae retos que conviene abordar con realismo. El informe subraya preocupaciones claras: ¿quién responde si la IA se equivoca?, ¿cómo se protegen los datos clínicos?, ¿qué ocurre si el sistema genera información incorrecta o imprecisa? A estos desafíos se suma otro importante: la desigualdad. Las consultas situadas en áreas más desfavorecidas suelen tener menos acceso a estas herramientas, lo que podría amplificar brechas existentes si no se actúa de forma planificada y equitativa en clave de sistema.
La falta de formación estandarizada es otro punto crítico. Muchos profesionales están usando IA sin haber recibido instrucciones formales sobre buenas prácticas, riesgos, privacidad o responsabilidad. Esto evidencia la necesidad de desarrollar marcos comunes, regular su uso y ofrecer formación accesible para que todos los profesionales puedan utilizar estas herramientas con seguridad.
En cualquier caso, si miramos al futuro, el potencial es enorme: una integración real entre la IA y la historia clínica electrónica permitiría automatizar la documentación, sugerir códigos diagnósticos, generar informes completos o facilitar la continuidad asistencial sin duplicar información. Los sistemas de solicitud de cita previa podrían ayudar a priorizar de forma más eficiente, mejorar el acceso y reducir la presión en las unidades de atención al ciudadano—un área tradicionalmente saturada. También podríamos ver avances significativos en prevención personalizada, con mensajes adaptados a cada paciente, a través de recordatorios y recomendaciones basadas en el riesgo individual.
Sobre todo, conviene recordar que la IA debe ser un medio, no un fin. Su valor real estará en reforzar el trato humano y próximo de la Atención Primaria, no en convertirla en un sistema más rápido, pero más frío. Si la IA consigue que el profesional mire menos la pantalla y más a la persona, que llegue al final del día menos agotado y que el paciente se sienta mejor atendido, entonces habrá cumplido su propósito.
Aunque la IA no es una cura mágica para todos los problemas estructurales de la Atención Primaria, puede ser una gran aliada; está en nuestras manos aprovecharla con criterio, ética y visión. Hacerlo bien podría marcar una diferencia enorme en cómo cuidamos, cómo trabajamos y cómo sostenemos uno de los pilares fundamentales del sistema sanitario.
Referencias
[1] How are GPs using AI? Insights from the front line. https://www.nuffieldtrust.org.uk/research/how-are-gps-using-ai-insights-from-the-front-line
